De padres adinerados y cultura medio-alta, Eloísa no conocía la pobreza, la ignorancia ni la necesidad. Su adolescencia la pasó entre clases de piano y costura, para después ingresar en la Escuela de Enfermería, una profesión digna, y en la que a buen seguro encontraría marido entre los médicos que trabajarían con ella. Que fuera guapo no era lo importante. Un buen marido debería ser honrado y trabajador. Del resto se encargaría la mujer, pues ésta era su función.

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