Qué difícil es confesar... 
si pudiera, si fuera fácil, contaría que robaba en la tienda de las golosinas, en las de ropa, las horas en el trabajo, la señal de internet al vecino, las ideas de las revistas, el perfume de la gente por la calle y esa estela de humo de cigarro que se acaba que siempre robamos los que hemos sido/somos adictos a la nicotina...

Si quisiera confesar, lo haría dejando que me pillaran, para que así no me quedara más remedio que decir la verdad. Pero si realmente tuviera que hacerlo, sería sólo si hubiera algo muy importante en juego y sólo si quisiera perderlo, porque la confesión siempre conlleva la pérdida de algo propio.

Sin embargo, yo siempre evito confesar lo que realmente me atenaza: fantasías de deconstrucción de vida humana aderezada con tintura de realidad y servida tibia en plato frío. Sueño con crímenes perfectos, orgías inmundas, talones de Aquiles y ganancia de la pasión sobre la razón.

Quizás me esté volviendo loca... o quizás sólo esté aburrida.
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Sigan bailando, sigan bailando, sigan bailando, sigan bailando, sigan bailandooo, que sigan bailando!
Suenen los pitos, suenen los pitos, suenen los pitos, suenen los pitos, suenen los pitooos, que suenen los pitos!

Otro fin de semana que pasa, y otras mil o 2mil neuronas que he perdido; no sólo debido al alcohol, el tabaco o psicotropos varios, sino a convivir durante horas en un reducido espacio de techos relativamente altos, con hordas de eurocompradores compulsivos y sus vástagos (qué lindos los niños; están para... matarlos).
Esto de que los centros comerciales se hayan convertido en parques temáticos de viernes a domingo no es reciente, y aunque restregarse con gente sudorosa, en grupo y a voz en grito parezca tener un deje de orgía, a la hora de la verdad me siento más como en un cocido madrileño: mucho calor y mucha grasa.

Pero lo malo no acaba cuando por fín sales con tu carro ruedi-cojo, con tendencia a la derecha, llegas a tu coche (apremiado por el insulso padre de familia numerosa que quiere ocupar tu sitio), haces las colas (la de salida del súper, la de la rotonda, la que provoca el tranvía, ...) sino que una nueva y peor fase comienza cuando llegas a tu casa y:
a) se te ha olvidado comprar algo ó b) se te ha olvidado algo que sí has comprado, y/o
c) se te ha ocurrido la maravillosa idea de comprar un mueblito para el salón.
Y éste, queridos amigos/as, es el peor error que podemos cometer en un fin de semana, porque, a ver, con sinceridad, ¿alguien entiende las instrucciones? Yo normalmente las intuyo, aunque siempre me sobran/faltan piezas o acabo montando algo muy artístico pero con poca estabilidad.
¿Y esos nombres? ¿Acaso hay un departamento de nombres de tuercas? Porque vale que mi coche tenga nombre, pero no le voy poniendo nombre a los coches de todo el mundo (a algunas personas sí, fíjate tú por dónde...)
Pero esta es la última vez que me pillan, pongo a la jelo-kiki por testigo!
En fin, para qué me engaño si al final volveré a comprar en estas tiendas de "hágaselo usted todo que ya le cobramos nosotros", porque "Yo no soy tonto", no, soy gilipollas.
En los siguientes 12 años, experimentó la existencia del sufrimiento humano, físico y psíquico.
Lo peor no era dormir apenas, el trabajo duro o los desplantes de sus "hermanos", sino la eterna pregunta que taladraba su cabeza como una gota hace con la roca más dura: ¿Por qué?
Y aunque nunca se atrevió a preguntar, la respuesta llegó un día sin más, de la sucia viperina boca de su "hermana" Martina: "por tu culpa ahora tendrán que dividir la herencia de nuevo. No pienso tolerar que me quites lo que me pertenece y por lo que he aguantado tantos años, aunque tenga que acompañar a los viejos hasta que les llegue la hora, no permitiré que toques esta tierra ni nada de lo que ella contenga".
Así que era éso; el nacimiento a escondidas, la rápida adopción, el enviarla al otro lado del mundo, no era porque fuera una bastarda, sino la hija legítima de una familia a la que importaban las apariencias más que el pan de cada día, y que no quería que a sus hijos mayores ("la parejita") se les hiciera de menos por no recibir la herencia adecuada, la estipulada, dividida y ya acordada antes de que Clementina entrase siquiera en los planes de nadie. 
Consternada por el descubrimiento y a sabiendas de que era su familia, la única que le quedaba, siguió con su tarea diaria, con la esperanza de que algún día encontraría a alguien que la quisiera.
Lluvia, mucha lluvia. Ríos en la carretera y ríos de lágrimas en su cara. ¿Qué era este sitio gris al que la habían traído? ¿Por qué no podía quedarse en su casita de muñecas y en su camita de dosel de seda y oro? ¿En sus días soleados de natación y clases de buenas maneras?
Tras 12 horas de vuelo, días de llanto e incertidumbre, le ardían los ojos y el corazón. El estómago era algo encogido y duro situado al fondo del ombligo y a pesar de no haber comido nada en días, vomitó lo que llevaba dentro al oir aquellas palabras de boca de su tutor y albacea:
"Clementina, te presento a tus padres, los de verdad. Ellos te dieron en adopción al nacer, pero ahora que tus padres adoptivos han fallecido, no te queda más familia que ellos".
Entonces se fijó en los extraños de ojos negros que la miraban desde el otro lado del cordón de llegadas. Ojos negros y profundos que se clavaban en su alma y le preguntaban sin palabras "¿Qué haces aquí? ¿Y qué haremos ahora contigo?"
Abrió los ojos y vio varias caras mirándola. Los cerró.
Cuando volvió a abrirlos reconoció en la penumbra el dosel de su cama. Volvió a dormirse.
No volvería a dormir como aquella noche en muchos años.
La despertó el ruido de motor de coche, decenas de ellos. La ayuda de cámara ya estaba en la habitación para vestirla, aunque tuvo que forcejear con ella a raíz de la elección del color del vestido. Aunque en su consciencia inferior ya empezaba a asimilar que las cosas no iban bien, aún seguía siendo la pequeña heredera caprichosa.
No podía imaginar cuánto iban a cambiar las cosas en las siguientes 16 horas. Si lo hubiera sabido se habría llevado algún recuerdo del mundo que iba a dejar atrás.
Su vida se reducía a complacer a los demás, y en esa complacencia encontraba el placer. Para ser una simple niña de 6 años, ya tenía todo lo que cualquiera pudiera desear: dinero, status social y una familia que la adoraba.
Todo cambió el día en que el ama de llaves, entre la clase de piano y el cambio de ropa para el té de las 5, en frente del mayordomo, el chófer, la institutriz y la ayuda de cámara, la llevó ante el abogado y albacea de la familia y le dijo: "tus padres han tenido un accidente de avión esta mañana, en la Península de Yucatán. No ha habido supervivientes". Y a pesar de que lo dijo en un perfecto español, ella no entendió nada.
...mírala, se parece a sus hermanos.


No le busques parecidos, sabes que no nos vamos a quedar con ella.


Lo sé. Ellos la cuidarán bien y a nosotros nos hacen un favor. Tiene el pelo rubio como ellos, podría pasar por su hija fácilmente. Nunca sabrá la verdad.


Pero la verdad se supo y encontró su camino hasta mí para que yo la haga pública.