Lluvia, mucha lluvia. Ríos en la carretera y ríos de lágrimas en su cara. ¿Qué era este sitio gris al que la habían traído? ¿Por qué no podía quedarse en su casita de muñecas y en su camita de dosel de seda y oro? ¿En sus días soleados de natación y clases de buenas maneras?
Tras 12 horas de vuelo, días de llanto e incertidumbre, le ardían los ojos y el corazón. El estómago era algo encogido y duro situado al fondo del ombligo y a pesar de no haber comido nada en días, vomitó lo que llevaba dentro al oir aquellas palabras de boca de su tutor y albacea:
"Clementina, te presento a tus padres, los de verdad. Ellos te dieron en adopción al nacer, pero ahora que tus padres adoptivos han fallecido, no te queda más familia que ellos".
Entonces se fijó en los extraños de ojos negros que la miraban desde el otro lado del cordón de llegadas. Ojos negros y profundos que se clavaban en su alma y le preguntaban sin palabras "¿Qué haces aquí? ¿Y qué haremos ahora contigo?"

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